Biofobia

No se trata de una fobia a la vida, ni de un asco a las cosas vivientes… se trata de un rechazo a las explicaciones científicas que aporta la biología para un abanico de cuestiones que antes eran asunto exclusivo de las disciplinas sociales y humanas. El término lo acuñaron Martin Daly y Margo Wilson -dos psicólogos pioneros de la sociobiología- hace unos 30 años, en alusión a la feroz resistencia que recibió la emergencia de esta nueva ciencia. Nazi, fascista, machista, racista, fueron algunos de los amables calificativos que dispensaron a la naciente disciplina. Se impidió la disertación de sus principales mentores en decenas de reuniones científicas, y se censuró la divulgación de sus estudios.

La sociobiología se hizo subterránea, pero no dejó de crecer y fortalecerse. Se nutrió de la ciencia más experimental y objetiva, más desprejuiciada; y al respaldo de logros rotundos desistió de toda confrontación ideológica. Continuó presentándose al ruedo científico a veces con otros nombres: psicología evolutiva, ecología conductual, adaptacionismo y otros, que, sin quitarles identidad propia, solapaban con la sociobiología en una proporción significativa.

En la actualidad (con más o menos aceptación según el nombre que use) goza de alto prestigio y las aguas están quietas… al menos en el estanque científico. Pero en el mundo académico los científicos no están solos. En la esfera intelectual, la biofobia persiste. Aquellas escuelas de pensamiento dedicadas tradicionalmente a las áreas sociales y humanas: la filosofía, la sociología, el psicoanálisis y otras, tienen una enorme influencia en la dirección de la búsqueda del conocimiento, la asignación de recursos, la ideología y la escolarización. Y ahí está el problema.

La gran mayoría de estos intelectuales suscriben el “modelo estándar de las ciencias sociales” según el cual la psiquis humana está modelada por la cultura que la rodea. Tal postura surge de un antropocentrismo natural, embelesado con la mente humana. Ésta y sus productos son concebidos con la envergadura, la magia y el misterio insondable de una creación divina. En semejante contexto es poco probable que presten debida atención a los científicos que proponen estudiar la psiquis, el inconsciente, la moral o cualquier otro atributo de la mente con las herramientas simples de la ciencia experimental. Hay quienes se resisten a afrontar la disputa pretendiendo que ambas posturas son válidas, respectivamente, para dos esferas del conocimiento disyuntas. Sin embargo, tal pretensión es insostenible: el universo es uno solo. Quienes alimentan la biofobia incurren en una serie de falacias sencillas (sencillas pero persistentes) que es bueno destacar.

La falacia naturalista
La idea errónea más común sobre la teoría evolutiva y enormemente destructiva para el conocimiento es la falacia naturalista: la idea de que lo que se descubre que es natural (un juicio científico) enseña y alienta lo que debe ser (un juicio moral). La falla de esta postura queda al descubierto cuando se consideran fenómenos naturales como epidemias, inundaciones, terremotos. Nadie se animaría a decir que tales calamidades son deseables. Sin embargo no se acepta la posibilidad de que algunos rasgos negativos del hombre (el egoísmo, la maldad, los celos, la desconfianza, etcétera) puedan ser naturales porque de ser así tendrían que ser aceptados no por norma sino como norma.

Aunque la falacia naturalista es advertida como tal en casi todos los trabajos de los científicos evolutivos que se ocupan del comportamiento humano -a veces- hasta el hartazgo, continúa presente una y otra vez cuando los científicos descubren (o plantean) características de la naturaleza humana generadoras de incomodidad. Por ejemplo, el descubrir características sociales inscriptas en nuestro código genético que conlleven diferencias de poder, de prerrogativa o de cualquier otro beneficio del varón en detrimento de la mujer es condición necesaria y suficiente para que el investigador sea tachado de machista. Como si el investigador estuviera diciendo “vieron, la naturaleza es machista, luego, debemos ser machistas”. Algún pensador influyente ha llegado a plantear que la sociobiología humana sirve sólo para justificar y promover la opresión de las mujeres.

Uno de los motivos por los que la falacia naturalista persiste es que es utilizada (en forma igualmente errónea) cuando lo que se encuentra que es coincide felizmente con lo que se siente que debe ser. En muchos escritos de corte moral se trata de fundamentar la elección de conductas apropiadas a partir de la naturaleza y el pasado evolutivo. No se advierte que un escrito moral es ideológico y que, en cambio, un escrito científico debe ser carente de ideología.

La exculpación de los inmorales
Uno de los temores mayores de los biofóbicos atrapados en la falacia naturalista es que el anuncio de hallazgos de caracteres inmorales en nuestra naturaleza humana exculpe a los inmorales. Por ejemplo, si se descubre y se prueba que el cerebro humano tiene una predisposición natural al asesinato en circunstancias muy precisas, entonces, tal conocimiento permitiría exculpar a los asesinos. Lo dicho también vale para los infieles, los violadores, los mentirosos, los ladrones, los egoístas… y cientos de etcéteras más.

Quienes profesan ese temor pierden de vista dos cosas. Primero, la naturaleza no tiene moral, no es buena ni mala; sólo es como es. Segundo, para superar un mal, un flagelo, renunciar a entenderlo porque su conocimiento sea peligroso a los fines de la moral es el camino más seguro al fracaso. Siempre es más fácil de solucionar un problema si, previamente, se comprende.

El mito del determinismo genético
Aunque también fue denunciado y desmentido hasta el cansancio, el mito del determinismo genético se esgrime como una atrocidad inaceptable, un atentado contra el libre albedrío, un callejón sin salida, una condena a la imposibilidad de cambio. Se supone -erróneamente- que la sociobiología afirma que las conductas humanas -y sus productos- están previamente escritas en el código de ADN, programadas. No es así. La biología nos dota (y no solamente a nosotros) de un abanico de estrategias para interactuar con el medio ambiente. Ni la elección de la estrategia ni el medio ambiente son predecibles, por lo tanto no hay posibilidad de predicción unívoca.

La conducta de todo ser viviente -y por supuesto la nuestra- es el producto de la interacción entre lo genético y lo ambiental (y por ambiental hay que entender, también, social). Existen varios casos probados de influencia directa de los genes en la conducta, o en otras propiedades mentales. Pero esa influencia directa que revela su incidencia inequívocamente se establece, como mucho, en una probabilidad distinta de cero. Son pocos los casos en los que el bagaje genético puede predecir en forma absoluta, total, una conducta particular. En la inmensa mayoría de las conclusiones de los psicólogos evolucionistas, y luego de extensas estadísticas, se concluye que tal o cual variante genética contribuye en tal o cual porcentaje a la predicción de una conducta. Antes se pensaba, por ejemplo, que la inteligencia de una persona dependía en un ciento por ciento de su educación, de la estimulación precoz, del ambiente, del entrenamiento, etcétera. Los psicólogos evolucionistas han encontrado un componente genético importante en la inteligencia de las personas… tal vez un cincuenta por ciento. El otro cincuenta sigue dependiendo del entorno social… eso siempre se aclara. Sin embargo aquellos que fueron picados con el bichito de la biofobia siguen reaccionando como si los biólogos hubiesen afirmado que todo se debía a los genes, sin lugar para más.

La falacia del discurso
En los últimos 20 años cobró auge una moda del pensamiento intelectual llamada posmodernismo, o relativismo cultural, que equiparaba la ciencia (incluida especialmente la biología) con otras formas de conocimiento o pensamiento como religiones o doctrinas pseudocientíficas o tradicionales. En ese contexto la desacreditación fácil de los descubrimientos científicos llegó a ser casi un deporte. Es cierto que el discurso científico es cerrado en cierto sentido: no se lo puede refutar desde fuera de la ciencia. Pero no es justo tomarse de esto para habilitar un discurso alternativo, ya que la ciencia está abierta permanentemente a la refutación bajo el arbitraje de la naturaleza. Y bien que se cuida la ciencia de no formular hipótesis incontrastables. Lo que la ciencia diga siempre debe quedar al alcance de ese árbitro supremo. Si no, no es ciencia.

El pecado del reduccionismo
Uno de los argumentos predilectos de la biofobia es el antirreduccionismo. Han hecho de reduccionista una mala palabra, cuando la reducción es una de las acciones más caras al conocimiento. Cualquier explicación de un fenómeno es en cierta medida un reduccionismo. Cuando la explicación funciona, funciona; y si no funciona o predice mal hay que tirarla. Esto es independiente de cuán extenso sea el fenómeno y cuán breve la explicación. El pecado imperdonable de la biología parece ser que cada vez explica más fenómenos y cada vez más extensos… mientras que cada vez con más claridad se va perfilando el tremendo poder explicativo de la biología a partir de la Teoría de la Evolución de Darwin y las leyes de la genética. Cada vez más explicaciones se reducen a ellas.

Los niveles de causalidad
Muy emparentada con el antirreduccionismo es la crítica a la biología cuando halla explicaciones simples para fenómenos complejos… pero tal crítica pasa por el desconocimiento de los niveles de causalidad. Todo fenómeno tiene diferentes niveles de explicación. Hay causas próximas, que explican los mecanismos por los que procede un fenómeno… y causas últimas, que suelen ser más básicas, más necesarias, más breves. En las cuestiones sociales, por ejemplo, las explicaciones próximas deben vérselas con todos los implicados en el fenómeno, más todas las relaciones entre todos los implicados, más todos los roles de todos, más las situaciones particulares que vive cada implicado… y así. Cualquier explicación próxima ha de ser muy extensa. En cambio, las explicaciones últimas deben operar sólo con los resultados del fenómeno y sus posibles consecuencias.

Si de un fenómeno natural se logran explicar sus causas últimas, el beneficio para el conocimiento es mucho mayor que la explicación próxima ya que tiene más poder predictivo, mayor potencial generalizador que las explicaciones acerca de los mecanismos… que, seguramente, se seleccionaron de entre un conjunto variado de posibilidades. Las explicaciones de diferentes niveles no tienen por qué contradecirse. Ni siquiera compiten entre sí. El hecho de que una explicación sea más breve que otra no le quita valor, por el contrario le suma… y seguramente se trata de un nivel de explicación más profundo.

Si se espera que la ciencia descubra una naturaleza políticamente correcta, es porque no se ha entendido nada. Los científicos tendremos que hacer un esfuerzo mayor en hacer entender qué es la ciencia. Por eso es bueno, también, estar prevenidos de la biofobia. Cuando uno se encuentra por primera vez con una explicación sociobiológica, y en lugar de abrir los ojos ante el descubrimiento y de bancarse el tambalear de los conocimientos perimidos de la estantería, uno piensa: “demasiado biologicista”… eso es biofobia.
Edward O. Wilson, padre de la sociobiología.
Richard Dawkins, autor de
El gen egoísta
, un reduccionismo provocador.
David Buss: el impulso asesino es parte de la herencia humana.
Jared Diamond: la historia humana se describe en base a la biología.
Steven Pinker: el lenguaje es un instinto.
Desmond Morris: el zoológico humano.
 
David Barash: la cultura llegó más tarde.
Hellen Fisher: los sexos no son iguales.
Margo Wilson y Martin Daly: los hijos son los vehículos de nuestros genes.
Leda Cosmides y John Tooby: psicología evolutiva.
    
  Artículo publicado en la revista EXACTAmente. Algunos derechos reservados. Se permite su reproducción citando la fuente. Última actualización abr-09. Buenos Aires, Argentina.